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miércoles, 2 de marzo de 2016

CONFESIONES DE UNA MADRE:HISTORIA DE UNOS ZAPATOS

Hace ya bastantes días se me ocurrió hacer limpieza y tirar aquellos zapatos de mis hijas que viese en mal estado así que, durante toda una mañana, estudié concienzudamente cada par para decidir cuáles deberían ir a la basura por estar rotos o exageradamente dados de sí.
La verdad es que fue una labor que me costó bastante porque de repente, cuando crees que ya has terminado, te viene una de tus niñas con otro par que ha permanecido, maléficamente escondido, por algún oscuro rincón de su cuarto sin una explicación, coherente, por su parte.
En cualquier caso y una vez terminado mi trabajo me relajé y me sentí satisfecha por completo. No podía adivinar que mi tranquilidad acabaría pronto, ya que al día siguiente y encima lunes, no solo no aparecieron los zapatos escolares de una de mis hijas sino que, además, quedaban tres minutos justos para tener que salir por la puerta.
Era tal mi desesperación que si hubiese tenido a mano unas botas de montañero o una zapatillas de ballet, se las hubiese puesto sin ningún tipo de remordimiento. ¡Por supuesto como algo temporal, para salir del paso!
Estaba claro que ya llegábamos tarde al cole y sin embargo, mi contínua reflexión era el lamentable estado en que estarían los dichosos zapatos para haberlos tirado, pese a su importancia.
Durante una semana, la niña estuvo calzando unos de terciopelo negro pertenecientes a su hermana mayor con un montón de algodón en la punta, como único recurso casero para que no los perdiese por el camino.
Cuando se lo conté a una amiga mía, enseguida me trajo unas preciosas bailarinas de su hija que, pese a quedarle también un poquito grandes, nos supuso un grandisimo alivio teniendo en cuenta que nuestra economía no nos permite plantearnos ningún gasto extra, salvo extrema urgencia y necesidad.
Pero cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana y esta vez, más que una ventana nos abrió un balcón porque, inesperadamente, mi querídisima amiga y compañera de proyecto me regaló, ella misma, unos zapatos nuevos para la niña.
No puedo expresar con palabras el agradecimiento que siento por ambas madres porque, con toda seguridad, no sabría encontrar los términos más adecuados. Siempre me quedaría corta porque los sentimientos, la gran mayoría de las veces, son tan ilimitados que no pueden acotarse a través del lenguaje. En realidad, la respuesta es muy simple: nacen del corazón.
Y esta es la historia de los zapatos del colegio de una de mis niñas.





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