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martes, 15 de marzo de 2016

CONFESIONES DE UNA MADRE: APOLOGÍA DE LA AMISTAD

Tengo una amiga especial,  muy especial. No es de esas amistades de las de toda la vida, de las que conoces siendo muy pequeña, en el colegio.
No. Yo a Pili la conocí en la Facultad de Derecho, sentadas ambas una al lado de otra en una inmensa aula llena de desconocidos que fingen conocerse y donde todo el mundo espera, con mayor o menor impaciencia, al profesor. Algunos, los que menos, por verdadero interés y otros, los que más, por acabar cuanto antes la clase.
Ella tenía un grandísimo problema: acababa de aprobar una oposición y esto significaba una gran retahíla de ausencias con la consiguiente falta de apuntes.
Sin embargo, no hubo por mi parte el menor inconveniente, porque la vi sincera y durante todo el tiempo que ella no pudo asistir, yo le pasé los míos. Así, inmersas en un montón de abreviaturas y garabatos sobre diferentes campos del derecho, se fue forjando nuestra amistad.
¿Y por qué es tan especial? porque es única e irrepetible.
Es la amiga que, con infinita paciencia escucha, una y otra vez, mis continuas quejas y lamentaciones y pese a ello, obvia las suyas propias por considerarlas menos importantes.
Es la amiga que, justo cuando más lo necesito, coloca entre mis manos vacías una pequeña y cálida esperanza que alumbra mi oscuro pesar, de por sí más que sombrío.
Es la amiga que nunca recuerda los favores que me hace y que al mismo tiempo, no olvida en ningún momento lo que necesito.
Es la amiga generosa que jamás me exige una disculpa, que enumera y engrandece mis cualidades y calla mis numerosos defectos con ternura y benevolencia.
Es la amiga risueña que siempre me ofrece una sonrisa, la amiga valiente que me dice lo que debo escuchar aunque yo, orgullosa como soy, no quiera y la amiga incondicional, que muestra su apoyo para cualquier cosa. Es la AMIGA con mayúsculas.
Porque es esta misma amiga la que me recuerda, cada día, lo bello que es vivir y lo agradecida que debo estar a la vida por mis pequeñas princesas.
Si alguna vez tuviese que poner nombre a la amistad, no una amistad cualquiera sino la de verdad, la que realmente cuenta, la que queda grabada en el corazón ese nombre sería, sin duda alguna, el suyo.
Esta entrada se la dedico a todas esas amigas del alma que no nos dejan solas ni cuando reímos ni cuando lloramos y que, cuando creemos que el mundo se derrumba ante nuestros pies, nos levantan y nos hacen confiar, de nuevo, en el mañana.



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